sergiobelluz

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Giverny o el paraíso impresionista.

El jardín es el locus amoenus, el lugar perfecto, la reminiscencia del paraíso perdido donde el hombre-jardinero domina la naturaleza y la razón controla las pulsiones.  Giverny es el paraíso terrenal que Claude Monet (1840 – 1926) creó para poder pintar incansablemente, en los últimos 20 años de su vida, las variaciones de luz en sus flores y en el agua de su estanque lleno de nenúfares – los famosos Nymphéas – que fascinan al visitante con su belleza íntima y sensual.

 

Monet, como muchos de los pintores franceses del siglo XIX, estudió con pasión la luz natural y sus efectos en la visión de la realidad.  Pintó la luz mediterránea en Argelia (1865), la luz del océano en la costa atlántica de Normandía (1865), la del río Támesis en Londres (1870) – donde además conoció los exquisitos paisajes ingleses de Constable y Turner, de suma importancia en su pintura –, representó la luz del Sena, en Argenteuil, un pueblo cerca de París, muy de moda para la burguesía y los pintores de la segunda parte del siglo XIX (donde Monet pasó cuatro años, de 1872 a 1876, pintando los barcos en la dársena), la de Vétheuil (1880), otro pueblo a la orilla del Sena, donde trataba de pintar el mismo lugar un día de invierno y un día de verano, con escarcha, con niebla o con el sol del mediodía.

 

También fueron de gran importancia, para los pintores franceses en general y para Monet en particular, las dos importantes exposiciones de arte japonés que tuvieron lugar en París: la de 1867, durante la Exposición Universal y la de 1890, en la Escuela de Bellas Artes, que, además de hacer conocer el refinado arte japonés del paisaje, impulsó una nueva moda tanto en la ropa como en la decoración.

 

Monet y Giverny

 

Cuando Monet llega a Giverny, en 1883, sólo era un pequeño pueblo de 300 habitantes entre París y Deauville, en Normandía, una región en la costa atlántica francesa.  Allí encontró una finca de 9600 m2 con agua y una casa muy luminosa con grandes ventanas que daban a un jardín todavía por hacer.

 

En 1890 Monet puede por fin comprar la casa y el terreno, que alquilaba.  Poco a poco, llena su jardín de flores y de plantas exóticas, y profundiza sus estudios sobre la « instantaneidad ».  En 1898, empieza a pintar los primeros nenúfares de su famosa série de Nymphéas, en parte inspirado por la fotografía, en parte por el arte japonés del paisaje.  En 1914, Monet hace construir, además, un amplio y luminoso taller para poder pintar los enormes cuadros del último período de los Nymphéas.  Desde las primeras obras con el puente japonés y más tarde, en 1907, cuando se concentra sólo en el agua y en las flores, son en total más de 250 cuadros inspirados por los jardines de Giverny.

 

Porque en realidad, la propiedad de Monet en Giverny está compuesta por dos jardines distintos.  El primero es el de la casa, lleno de flores repartidas en más de 60 platabandas, un césped y una larga glorieta de rosas.  Cada uno de los largos arriates fue adornado de una sola variedad de flores para crear bloques de colores.  El segundo se encuentra al otro lado de la carretera, Monet lo compró más tarde, en 1893.  Para este jardín de agua, el pintor creó un gran estanque de estilo oriental rodeado de peonías y de bambúes, y puso un puente japonés, tradicionalmente de color rojo, que el mismo pintó en verde para que se integrara a la sinfonía de colores que quería crear.

 

El jardín y las obras

 

Hoy en día, la casa taller y los dos jardines de Monet en Giverny pertenecen a la Fondation Claude Monet (http://fondation-monet.com/).  Giverny está abierto al público de abril a octubre.  Hay que reservar con anticipación, porque viene un promedio de 450.000 visitantes cada año!  Y es que Giverny es un lugar de peregrinaje para los admiradores del pintor que revolucionó el arte universal con sus técnicas – rapidez de ejecución, importancia del gesto, captación del instante – y abrió nuevos caminos artísticos, que iban a dar paso al action  painting y a la abstracción lírica de los años 50.  Pero no sólo eso: Monet supo también emocionar a un público popular con la armonía y la belleza de sus serenos y apacibles nenúfares.

 

Giverny se encuentra a una hora de París.  El mejor período para las visitas es durante el verano, particularmente en los meses de julio y agosto, cuando hace calor y el jardín llega a su perfección.  Hay compañías que organizan tours en buses desde la capital:  la agencia France Tourisme (www.francetourisme.fr), cerca de la Plaza Saint-Michel, propone un tour de cuatro horas y media en las mañanas. Otra compañía, Cityrama (http://www.pariscityvision.com/fr/), ubicada cerca del Museo del Louvre, propone un tour de un día, que incluye primero una visita al pueblo de Auvers, donde Van Gogh pasó los últimos meses de su vida, y luego completa el tour con la visita de Giverny.

Los aficionados de la obra de Monet no encontrarán, lamentablemente, ningún cuadro del pintor en Giverny, pero pueden completar la visita a su casa taller y a sus jardines con una recorrida por los dos museos de París donde está expuesta la mayor parte de su obra :  el Museo Marmottan Monet ( http://www.marmottan.fr/), que conserva 75 cuadros del pintor, muchos de la serie de los Nymphéas y que es también el museo del movimiento impresionista, y el museo d’Orsay (http://www.musee-orsay.fr/), que conserva 73 de sus obras.  Los otros museos en el mundo que poseen una colección importante del pintor son el Metropolitan Museum de Nueva York, el MFA de Boston y el Chicago Art Institute, con unos 30 cuadros respectivamente.

 

©Texto y fotografía: Sergio Belluz, 2015.

 

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25/05/2015
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París, la ciudad de los 1001 barrios.

Un paseo subjetivo por toda la ciudad y por los barrios particulares que hacen de la capital francesa una de las más hermosas y entrañables del mundo.

 

París no existe.  Lo que llamamos París es un mito literario, musical, pictórico, fotográfico, cinematográfico mundial.  Una mezcla de los Tres Mosqueteros de Dumas, de Notre-Dame de Paris de Víctor Hugo y de París es una fiesta de Hemingway. Es el cancán endiablado de La Vie Parisienne de Jacques Offenbach, “el Rossini de Los Campos Elíseos”, y los retratos de sus bailarinas más famosas, Cricrí, La Golosa o Niní Pata Arriba por Toulouse-Lautrec.  Son  las canciones de amor, humor y tristeza de Edith Piaf, Maurice Chevalier, Juliette Greco, Charles Aznavour.  Son los enamorados que se besan, fotografiados en blanco y negro por Robert Doisneau.  Son las películas entre ensayo y ficción de François Truffaut (Jules y Jim, La mujer de al lado, El último metro) y los “cuentos morales” de Eric Rohmer (Mi noche con Maud, La rodilla de Claire, La marquesa de O).  Son sus actrices:  la sensual Brigitte Bardot, la intelectual Jeanne Moreau, la elegante Catherine Deneuve, embajadoras internacionales de la sofisticación y del lujo francés.  Es el esmoquin para mujeres de Yves Saint Laurent y el perfume Chanel Número 5.  Es un modelo, una fantasía, un sueño, un deseo mundial, quizás irrealizable, de sociedad, de civilización y de cultura.

 

Confundir Francia con París es inevitable:  fue designada capital del reino de Francia a partir del siglo décimo, lo que impuso el dialecto local, el francien, como norma lingüística para lo que iba a ser luego la lengua francesa. Hoy todavía es el centro absoluto de la política, de la economía, y de la cultura francesa.  A pesar de las promesas reiteradas y nunca cumplidas de muchos de los políticos sobre una posible décentralisation (una repartición más equitativa del poder político y económico en todo el territorio), existen en Francia dos realidades:  París y la province, o sea el resto del país.  De ahí el deseo del provincial de “subir” a la capital para realizarse y lograr fama y fortuna, bien descrito por Balzac en su Comedia Humana, con el personaje de Rastignac, cuyo nombre todavía sirve para describir un ambicioso sin fe ni ley.  Y de ahí el crecimiento particular de la ciudad y las especificidades de cada barrio de París, definido por su función dentro de la capital y por las olas de poblaciones originarias de distintas partes del país y del mundo.

 

Por eso el verdadero París es en realidad un conjunto de barrios:  a partir de un pequeño núcleo fundado un siglo antes de Cristo por una tribú llamada los parisii en la île de la Cité – la isla en el medio del Sena donde se encuentra la Catedral de Notre-Dame de París –  la ciudad creció regularmente y de manera concéntrica,  incorporando cada vez localidades, antiguamente separadas de la ciudad, que conservaron todas sus particularidades y que a su vez acogieron una población o una actividad particular.  El plano de París es un enorme círculo irregular cortado en dos por el Sena.  En el centro, la parte más antigua, el río y las dos islas en donde todo empezó:  la Cité y Saint-Louis. Luego la ciudad creció en las dos orillas del Sena que divide París en dos universos mentales distintos: la Rive Droite, la orilla derecha, donde se concentraron las finanzas, los negocios de lujo y los barrios selectos y la Rive gauche, la orilla izquierda, donde, desde la fundación de la Universidad de la Sorbona (siglo doce), se encuentra la élite cultural.  Una división no sólo geográfica sino psicológica.

 

Pequeña sociología de París

 

Hay otras subdivisiones importantes de la capital:  París intramuros y París extramuros, términos latinos que se referían antaño al hecho de vivir dentro o fuera de las murallas que encerraban la ciudad.  Hoy en día, se utilizan en relación con la circunvalación que reemplazó las antiguas murallas y que rodea toda la ciudad, separándola de los barrios y las ciudades dormitorios de su perifería.  Luego, existen los arrondissements o distritos administrativos.  El verdadero parisino tiene el insígno y carísimo privilegio de vivir en una de las dos orillas del Sena del París intramuros y de residir en uno de sus 20 arrondissements, lo que a su vez implica un cierto estilo y hasta una cierta filosofía de la vida:  cada distrito es un pueblo, con sus barrios, su historia, su carácter y su alcaldía, la mairie.  El alcalde de los alcaldes es el alcalde de París, uno de los cargos más prestigiosos del país después del presidente de la República y del primer ministro.  Reside en el magnífico y céntrico Hôtel de Ville (literalmente “Hotel de la Ciudad”), ubicado en la Rue de Rivoli, en el cuarto distrito.  Jacques Chirac, el actual presidente francés, fue durante años alcalde de París.

 

Sólo 6 distritos hacen parte de la orilla izquierda:  el quinto, es el de la Universidad y de las librerías especializadas.  El sexto, es el de los escritores y de las editoriales.  Allí está la Académie Française, fundada en 1635, con sus eternos 40 escritores,  miembros vitalicios, que reciben el título de “Inmortales”, llevan un uniforme verde, una espada, y trabajan en un diccionario nunca acabado.  Marguerite Yourcenar fue la primera escritora elegida, después de tres siglos, ¡un récord!.  El séptimo distrito es el de la Torre Eiffel, del extraordinario Museo Rodin – un elegante palacete, con un delicioso jardín, y un restaurante con terraza muy concurrido en verano –, del magnífico Museo d’Orsay y de los militares (Campo de Marte e Inválidos).  El decimotercero, apodado Chinatown, es el de la comunidad china, y de la modernísima Biblioteca Nacional François-Mitterrand (un proyecto fetiche del ex-presidente).  El decimocuarto, Montparnasse, es el del movimiento cubista y de la Escuela de París (Modigliani, Léger, Soutine y Chagall, entre otros), de los teatros de la Rue de la Gaîté y del Cementerio, donde reposa parte de la élite intelectual francesa y extranjera.  Y el decimoquinto es la parte moderna y industrial de París:  la Torre Montparnasse y su observatorio que da a todo París, y los parques Georges Brassens (el cantante-poeta anarquista y libertino francés más famoso del siglo veinte) y André Citroën (el creador de la famosa marca de automóviles).

 

No por nada Yves Saint Laurent nombró Rive Gauche (“orilla izquierda”) uno de sus perfumes más conocidos, en referencia al tradicional espíritu estudiantil, intelectual y rebelde de esta parte de París. A pesar de ser ahora tan cara y tan burguesa como la derecha, la orilla izquierda atrae todavía muchos escritores, actores y directores de cine y de teatro.  Allí está el Barrio Latino (quinto distrito), con la Sorbona y la magnífica iglesia gótica de Saint-Séverin (siglo trece y quince) y,  en el sexto distrito, la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, la más antigua de París (siglo doce), que dio su nombre a todo este barrio “existencialista” donde la Plaza Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir está rodeada por los cafés literarios más prestigiosos del mundo:  el Café de Flore (inaugurado en 1890, el café habitual de Sartre y Camus), la Brasserie Lipp, frecuentada por los políticos y cuyo mayordomo es recordado por su modo altamente personal de escoger a quienes podían entrar y, a dos pasos, el Café Procope, el más antiguo de París (1686), donde Diderot y d’Alembert solían encontrarse:  ¡allí nació, en el siglo dieciocho, la Enciclopedia¡

 

La orilla derecha

 

La Rive Droite no es sólo el lugar de los bancos o de los joyeros de la Plaza Vendôme: con sus 14 distritos, es la parte más grande de París.  El primer distrito cuenta con el prestigioso Museo del Louvre.  De frente está Le Français o sea “la casa de Molière”, mejor dicho la Comédie Française, el gran teatro institucional de repertorio donde el gran dramaturgo francés del siglo diecisiete solía estrenar sus divertidas comedias. Detrás del teatro se encuentra el Palais Royal (siglo diecisiete).  Este armonioso conjunto arquitectónico albergó, entre otros, a los escritores Colette y Jean Cocteau.  Sus refinados jardines siguen siendo un lugar perfecto en pleno centro para descansar de la ciudad y leer tranquilamente debajo de sus alamedas rectilíneas o al lado de la gran fuente central.  Es también en el primer distrito que se encuentran Les Halles, un lugar muy popular donde cafés, restaurantes, y un enorme centro comercial replazaron, en 1969, el antiguo “vientre de París”, el gran mercado central descrito por Zola en la novela del mismo nombre.

 

El segundo distrito solía ser el de la prensa, pero hoy es más bien el del textil, sobretodo la parte llamada Le Sentier (“el sendero”).  El tercer distrito está lleno de aristocráticos hôtels particuliers, palacetes convertidos en museos (museo Picasso, museo Carnavalet de la historia de París) o centros culturales como el de Suiza.  Al lado está el cuarto distrito, el corazón histórico de París, en particular el barrio del Marais (“el pantano”), llamado asi por el antiguo terreno donde se fundó.  Le Marais se conservó gracias a la ley de 1969 sobre protección de patrimonio de André Malraux, el entonces ministro de la cultura.  Hoy, es uno de los barrios más caros de París y uno de los más agradables:  allí conviven la comunidad gay, alrededor de la calle Sainte-Croix-de-la-Bretonnerie, con sus tiendas y sus bares, y la comunidad judía, concentrada en la calle de los Rosiers, con sus escuelas talmúdicas y sus comercios especializados.  No lejos está la espléndida Place des Vosges, del siglo diecisiete, con la casa-museo de Victor Hugo.  Este distrito también incluye la isla de la Cité, con Notre-Dame de París, la muy esclusiva isla Saint-Louis y el barrio antiguo de Saint-Gervais (nombre de su iglesia gótica del siglo dieciseis).

 

El cuarto distrito tiene su parte moderna:  el Centro Pompidou, así nombrado por el presidente de la República que lo impulsó.  Comúnmente llamado Beaubourg (el nombre del barrio), el “radiador”, como se le llama con afecto, fue diseñado por el arquitecto italiano Renzo Piano y el americano Richard Rogers.  Es uno de los lugares de encuentro más populares de la capital, con su biblioteca, su mediateca, y su prestigiosa colección de arte contemporáneo.  A un lado se encuentra la exuberante fuente Jean Tinguely y Nikki de Saint-Phalle, con sus móviles coloridos, y al otro el fascinante museo-taller del gran escultor rumano Brancusi.  El octavo distrito es el de la Plaza de la Concorde y de los Champs-Elysées, la avenida más famosa del mundo, a pesar de haber perdido bastante de su lustre (¡sí, hay un MacDonald’s!) y de ser hoy en día un paseo para japoneses buscando la tienda Vuitton original...El noveno distrito es el más representativo del París del siglo diecinueve:  las Galerías Lafayette y Les Magasins Le Printemps, dos de los grandes almacenes emblemáticos de París, están situados en los amplios bulevares que creó el barón Haussmann para facilitar la circulación dentro de París y que dio su nombre a un estilo arquitectónico.  Al lado está la Ópera de París, u Ópera Garnier, el nombre del arquitecto que diseñó este espectacular teatro de oro y mármol.

 

Fluctuat nec mergitur

 

“Azotado por las olas, pero ne se hunde” es el lema en latín del escudo de París con la representación de un barco.  Uno de los factores de la predominancia de París sobre las otras ciudades fue su comercio fluvial gracias al Sena, que servía de vía de comunicación para abastecer a la ciudad por los canales que la recorrían.  El Canal Saint-Martin le da un aire de Amsterdam nostálgica al décimo distrito de París:  sus nueve esclusas todavía funcionan y dejan pasar tanto las péniches o chalanas (largos barcos llanos que sirven para el transporte de material) como los barcos privados.  A lo largo del arbolado y romántico canal, uno de los lugares favoritos de los parisinos para su paseo dominical, se encuentran cafés con terrazas y bancos donde se abrazan los enamorados.

 

El canal Saint-Martin es todo un mito:  hasta los años 50, se le llamaba “el canal de los muertos” por ser uno de los lugares donde los escritores de novelas policíacas ubicaban los asesinatos.  Es también allí que se encuentra el famoso Hôtel du Nord (“Hotel del Norte”), lugar principal y título de una de las películas cultas del cine francés, dirigida en 1938 por Marcel Carné (autor del otro ineludible clásico francés Los niños del paraíso, de 1945) con diálogos del escritor Henri Jeanson.  Cuenta la vida de un grupo de personas que viven en un modesto hotel.  La escena entre la prostituta (la bella actriz Arletty, con su entrañable acento popular parisiense) enamorada de su chulo, que ella mantiene, y el chulo (el insuperable actor de teatro Louis Jouvet) que ya está cansado de ella, porque se ha enamorado por primera vez en su vida, pero de otra, es una de las más famosas de todo el cine francés:

 

Ella:    ¿No somos felices, tú y yo?

Él:      No.

Ella :   ¿Estás seguro?

Él:      Sí.

Ella:    ¿No te gusta nuestra vida?

Él:      ¿Y a tí, te gusta nuestra vida?

Ella:    Toca.  Me acostumbré. Pese a los golpes que me das, eres bastante guapo.  En el suelo, peleamos, pero en la cama hablamos y en la almohada nos entendemos.  ¿Entonces?

Él:      Entonces nada, estoy harto, ¿me captas?  Me ahogo, ¿me captas?

Ella:    Vámonos al extranjero.  A las colonias.

Él:      ¿Contigo?

Ella:    ¡ Claro !

Él :     Entonces será lo mismo por todas partes.  Necesito cambiar de atmósfera, y mi atmósfera eres tú.

Ella:    ¡Es la primera vez que me tratan de “atmósfera”!  ¡Si yo soy una “atmósfera” tú eres un tío raro!  Uy, estos tíos que dicen ser del hampa sin serlo, y que presumen porque un día han sido algo, ¡habría que liquidarlos! ¿Atmósfera ?, ¿Atmósfera ? ¿Tengo cara de atmósfera?

 

El canal Saint-Martin empieza desde la dársena de la Bastille, en el undécimo y duodécimo distrito en el centro de París, y desemboca en el Canal de l’Ourcq, en el decimonoveno distrito a los límites de la ciudad, cerca de la Cité des Sciences de la Villette, un museo y un parque temático y didáctico sobre las ciencias muy apreciado por los niños.  Existen cruceros que hacen todo el recorrido en tres horas.

 

París la burguesa, París la campesina y París la pícara

 

En el decimosexto distrito, se habla el français du seizième (“francés del décimosexto”) o sea con un tono, un acento, una pronunciación y unas palabras pulidas que denotan un cierto tipo de educación (en colegios privados católicos y con uniformes, una excepción en este país republicano y laico) del que se burla con sorna el resto de los parisinos, tachando de elitistas, conservadores y conformistas los que hablan así.  Nos encontramos en el barrio residencial de la gran burguesía por excelencia, con su lujo sólido y discreto que se perpetúa de generación en generación, su manera de vestir entre azul marino y verde oscuro, sus calles elegantes, sus salones de té y sus pastelerías de buen gusto.  Menos mal, la casa-museo de Balzac (un lugar de peregrinaje para cualquier amante de París), el Trocadéro, con su punto de vista y su agradable fuente que da a la Tour Eiffel (de frente, al otro lado del Sena), y el Bois de Boulogne, un enorme parque con lagos y bosques para los joggings de los deportistas del domingo y los placeres variopintos de la noche (el bosque es un conocido lugar de prostitución nocturna) pimientan un poquito la quietud acomodada y somnífera de este distrito.

 

El decimoséptimo distrito, justo al lado, es parecido en su tranquilidad burguesa, pero uno de sus barrios, todavía llamado Le Village (el pueblo) des Batignolles, es una antigua localidad que sólo en 1860 fue oficialmente incluida en París y que guarda su aire de aldea campesina, con sus jardines y sus artesanos que todavía presentan sus creaciones en el mercado...Lo mismo le pasó al pueblo de Montmartre, en el decimoctavo distrito, también anexado en 1860, y que, hasta la mitad del siglo veinte, tenía huertos, viñedos, casas de campo y molinos.  Montmartre, hoy en día, es quizás el lugar más turístico de París, por estar en la parte más alta de la ciudad, y por tener la iglesia del Sacré-Coeur, con una vista espectacular a la ciudad, pero también por conservar una imagen (lástimosamente falsa) de lugar predilecto para los artistas, como la Place du Tertre, el sitio más visitado de toda la capital, con sus peintres du dimanche (“pintores del domingo”, o sea no profesionales) que exponen allí sus cuadros como lo hicieron en su tiempo Matisse, Braque, Picasso o Utrillo.

 

Sin embargo, Montmartre ha guardado un encanto muy especial:  sus famosas escaleras empinadas son un verdadero viacrucis, pero qué mejor recompensa que la de poder recorrer sus calles florecidas, con sus casas con colores, como la Maison Rose,  un agradable restaurante de campo, o el Moulin de la Galette, un genuino y antiguo molino de 1640, el último de todos los que tenía Montmartre.  El molino tuvo su hora de gloria, hace menos de un siglo, cuando fue convertido en un popular lugar de baile que Renoir retrató.  Hoy en día es una propiedad privada.  Nada que ver con el molino eléctrico del famoso Moulin-Rouge, en Pigalle, otro barrio del decimoctavo distrito, al pie de Montmartre.  Toulouse-Lautrec, un habitual de este cabaret y lugar de alterne, lo inmortalizó en sus cuadros más conocidos.  El Moulin-Rouge sigue presentando el cancán, pero para grupos de turistas y a precios exorbitantes, eso sí con champagne y muchas plumas.  Todo Pigalle podría ser calificado de “barrio chino”:  ¡muy tranquilo de día, muy luminoso de noche!  Desde el siglo diecinueve es un lugar de perdición donde los delincuentes y las mafias pelean por su porción de mercado, entre drogas y prostitución.  Sus cabarets, sus sitios de strip-tease, sus sex-shops y su curioso y interesante Museo del Erotismo permanecen abiertos hasta muy tarde.

 

París pasado y París futuro

 

Lejos de los placeres terrenales, el apacible Cementero del Père Lachaise, en el vigésimo distrito, es el lugar ideal para encontrar tranquilidad y contemplación.  Espacio público, el cementero más conocido de París es un agradable lugar de paseo, con sus avenidas arboladas y sus bancos para descansar.  A la entrada, se consigue un plano preciso de las tumbas, lo que permite a cada uno rendir homenaje y llevar flores a las grandes personalidades francesas, a Eloïsa y Abelardo, Sarah Bernhardt, Proust, Colette, Simone Signoret, Yves Montand, Gilbert Bécaud y también a los parisinos de adopción como Chopin, Isadora Duncan, Modigliani o María Callas.  Ciertas tumbas son objetos de culto y cubiertas de flores por los admiradores:  la de Oscar Wilde (un mausoleo con una enorme esfinge), la de Edith Piaf, la de Jim Morrisson, el cantante-poeta del grupo de los Doors, o la de Victor Noir, un joven periodista asesinado en el siglo diecinueve (muchas manos acarician la virilidad bastante marcada de su estátua yacente con la esperanza de recobrar un vigor perdido).  Sin olvidar la tumba casi sagrada de Allan Kardec, fundador del espiritismo, cuyos libros (best-sellers en Brasil) tuvieron curiosamente una influencia fundamental sobre los cultos afrocaribeños y afrobrasileños.

 

Este mismo vigésimo distrito de París es donde se encuentran los barrios modestos y populares de Belleville, Ménilmontant o Charonne, donde acudieron generaciones de campesinos y obreros franceses y donde se instaló cada oleada de inmigrantes (italianos, portugueses, españoles, armenianos, judíos, turcos, magrebíes, africanos, yugoslavos, asiáticos), buscando una vida mejor.  Lástimosamente,  todo el distrito, a pesar de conservar su aire simpático de ciudad obrera, con sus cafés sencillos y sus pequeñas tiendas familiares, es ahora también recuperado por la especulación y la fiebre inmobiliaria, la gran plaga de la ciudad, que caza toda la población modesta (incapaz de pagar los precios cada vez más elevados de la vivienda), hacia el exterior, hacia el París extramuros, las ciudades dormitorios de la perifería de la capital y la région parisienne, o sea todos los departamentos alrededor de la capital, reunidos bajo el nombre de île-de-France (“isla de Francia”).

 

Precisamente, es extramuros que se encuentra lo que se considera el vigésimoprimero distrito de París, el barrio de La Défense.  El “Manhattan de París” es la continuación en línea recta de la ciudad a partir de la Plaza de la Concorde, pasando por el Arco de Triunfo y los Campos Elíseos hasta el Gran Arco, un edificio (con salas de exposiciones) en forma de arco de triunfo estilizado y cuadrado de 110 metros de altura, todo de mármol y cristal, del arquitecto danés Otto von Spreckelsen.  Es la puerta de entrada a un París futurístico y espectacular de 40 hectáreas divididos en 11 barrios, empezando por el Centre National d’Information et de Technologie (CNIT),  cuya bóveda curvilínea de hormigón de 238 metros de altura fue diseñada por el ingeniero Jean Prouvé.  Las gigantescas estatuas metálicas de inspiración greco-romana del escultor neo-clásico Pitoraj encuentran allí su mejor marco para expresar la belleza y la fuerza de la creación y de la imaginación humana...y de París, capaz de adaptarse a los nuevos tiempos sin ceder a la estandardización mundial, con su singularidad, y sin perder sus exigencias estéticas y el encanto de su arte de vivir.

 

©Texto y fotos:  Sergio Belluz, 2015. (Revista Mapalé, Toronto: Editorial Mapalé, diciembre de 2004)

 

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22/05/2015
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Victoria Ocampo, la emperatriz de la Pampa.

Asi la llamaba con humor André Malraux, escritor y futuro ministro de Cultura del Général de Gaulle.  Otro escritor francés, René Etiemble, dijo de ella, en forma de piropo:  “Esta hermosa mujer es un gran hombre”.  Es siempre en la Rive Droite, cerca del Arco de Triunfo (¡todo un símbolo!) que se quedaba regularmente Victoria Ocampo,  en sus múltiples estancias en París desde su infancia (¡el viaje en barco duraba entonces 16 días!):  en el Hotel Majestic de la avenida Kléber, en la Avenida Malakoff, al lado de la avenida Foch, una de las más caras de París, avenida du Friedland o en la rue d’Artois.  Su única “traición” a este barrio, fue en 1941, cuando, durante una estancia en París, se enamoró locamente del escritor francés Pierre Drieu La Rochelle.  Se veían en un apartamento de l’Ile Saint-Louis que la Princesa Bibesco (la famosa amiga de Marcel Proust) le prestaba a Drieu La Rochelle, en el 45, quai de Bourbon.  Lástimosamente, Drieu La Rochelle era un ser torturado que acabó colaborando con los alemanes durante la guerra y suicidándose al final, en 1945, para no padecer las consecuencias.

 

Nacida en 1890 en una vieja familia aristocrática argentina, la riquísima Victoria Ocampo se crió con una institutriz inglesa, Miss Kate Ellis, y una institutriz francesa, Alexandrine Bonnemaison (“Mademoiselle”), y aprendió a hablar y a escribir primero en inglés y en francés, con una preferencia para el idioma de Molière.  Describió de manera muy divertida, en Racine et Mademoiselle (publicado en 1941 en Lettres Française, el suplemento francés de su revista SUR), sus relaciones con su exigente institutriz francesa:  “¿Ud no sabe? Tiene que saber”;  ”Pues me lo copiará 20 veces”; “Me conjugará el verbo contestar”;  “Se lo repito por última vez”;  “¿Y a eso lo llama saber?”;  “Ud es una perezosa”;  “Imposible no es francés”.

 

Victoria Ocampo hubiera podido disfrutar tranquilamente de su posición social, pero muy temprano quedó fascinada por la literatura y la música.  Por sus relaciones, conoció y recibió (en sus múltiples viajes a Europa y Estados Unidos, como en Villa Ocampo, su propiedad de San Isidro, cerca de Buenos Aires), a toda la inteligentsia mundial de su tiempo.  A Virginia Woolf, que encontró varias veces en Londres.  A Rabindranath Tagore, el gran poeta hindú, enamorado de ella, que le dedicó, en 1924, su poema Vijaya.  Al arquitecto Le Corbusier, de quien se inspiró para construir Villa Victoria (su mansión de Mar del Plata que escandalizó la buena sociedad).  A Ernest Ansermet, el director de orquesta y compositor suizo, quien fue un amigo personal desde sus años en Buenos Aires dirigiendo la orquesta del Colón.  Al compositor ruso Igor Strawinsky, del cual Victoria Ocampo, como recitante, creó en Buenos Aires en 1936 la ópera Perséphone, sobre un libreto de André Gide (libreto que fue luego traducido al español por Borges para la revista SUR el mismo año).  Victoria Ocampo volverá a presentar la obra en Florencia en 1939 en pleno período fachista, con Mussolini, que ella apodaba “Sr Megáfono”.

 

Primeros ensayos

 

El gran poeta nicaragüense Ruben Darío había ya tratado de lanzar varias revistas literarias con la idea de hacer conocer la literatura y la poesía latinoamericana en Europa:  ya en 1894 empieza a publicar con Ricardo Jaimes Freyre una revista llamada La Revista de América.  Más tarde, en 1911, dirigió en París la revista Mundial donde descubrió a nuevos talentos como Gabriela Mistral.  Trató de promover su revista en España, Portugal, Brasil, Uruguay y Argentina.  Sin mucho éxito, al parecer.

 

El poeta chileno Vicente Huidobro hizo parte de la vanguardia de París y Madrid.  En Santiago, había ya dirigido la revista Azul que presentó a los chilenos las novedades poéticas francesas.  En 1916, se instala en París, crea el movimiento “creacionista” con el poeta Paul Reverdy, y funda la revista Nord-Sud con las mismas ambiciones que las de Rubén Darío.  Pero quizás por sus exageraciones, la revista no duró mucho tiempo tampoco.  La poetisa y ensayista uruguaya Susana Soca, gran rival de Victoria Ocampo en París, trató también de lanzar su propia revista, La Licorne,  sin mucho más éxito.

 

Fue del encuentro con el filósofo americano Waldo Franck (muy de moda en los años 1930) y con el filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset (que tuvo una enorme influencia en América Latina), ambos amigos personales de Victoria Ocampo, que nació el proyecto de la revista que iba a ser una de las revistas literarias más influyentes de todo el siglo XX.

 

La revista SUR

 

Fue fundada en enero de 1931.  De trimestral hasta 1935, pasó a ser mensual hasta su final, en 1976:  ¡45 años de existencia y 340 números!.  Unos años después del lanzamiento de la revista, Victoria Ocampo creó la editorial Sudamericana, la cual, en 1941, editó la famosa Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Alfonso Bioy Casares y Silvina Ocampo, su esposa y hermana de Victoria Ocampo.  Para la pequeña historia, fue la misma editorial que más tarde, en 1967, y en manos del editor Francisco Porrúa, se atrevió a publicar por primera vez Cien años de soledad de un García Márquez todavía poco conocido.

 

La leyenda atribuye el nombre de la revista a Ortega y Gasset : Victoria Ocampo lo llamó en Madrid desde Buenos Aires, porque no encontraba un nombre, y el filósofo le gritó "SUR" en la antigua línea telefónica transatlántica de 1930.  ¡Se non è vero è ben trovato!  Asi empezó la larga aventura de una revista que no sólo contó desde el principio con colaboradores regulares como Borges, Bioy Casares, Eduardo Mallea (escritor y director del suplemento literario de La Nación de 1931 a 1958, luego embajador argentino en la UNESCO en París) y Baeza, el indispensable secretario de redacción, sino también con colaboraciones de Jung (SUR publicó Tipos Psicológicos, en 1936, la primera traducción al español del piscoanalista, que Victoria Ocampo había encontrado en Zurich), García Lorca, Alejo Carpentier, Albert Camus, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Graham Greene, Pablo Neruda, James Joyce, William Faulkner, Luigi Pirandello, Gabriela Mistral, Thomas Mann, Virginia Woolf, Ernesto Sabato, Juan Carlos Onetti, y muchos otros. 

 

Durante la guerra civil española y la segunda guerra mundial, Victoria Ocampo ayudó al poeta Rafael Alberti (le prestó un apartamento en Buenos Aires), a la fotógrafa judía Gisèle Freund (que salvó de los nazistas en Francia, invitándola oficialmente en Argentina al principio de la guerra), y a muchos expatriados franceses que se encontraron por fuerza en Buenos Aires, entre otros el escritor y ensayista Roger Caillois, con quien tuvo una historia de amor.  Caillois se quedó toda la guerra en Argentina, trabajando para la revista SUR y para el suplemento Lettres Françaises (generosamente financiado por Victoria Ocampo) que publicó en francés textos de René Etiemble, André Gide y André Malraux y muchos estudios del mismo Roger Caillois, entre otros un ensayo sobre literatura policíaca.

 

La herencia de Victoria Ocampo

 

Victoria Ocampo grabó varios discos donde declamaba textos poéticos.  El último fue consagrado, en 1970, a 8 poetas argentinos.  Escribió varios ensayos, entre otros: 338171,  en 1942, sobre T.E Lawrence, cuyo personaje y cuya obra, Seven Pillars of Wisdom, admiraba mucho (Lawrence fue una especie de James Dean para la generación de esta época), Virginia Woolf en su diario (1954), Tagore en las barrancas de San Isidro (1964) y toda una serie de diarios y apuntes personales:  Autobiografías (de 1 a 6), Testimonios (1935, 1941, 1950, 1957, 1964, 1968 y 1971), y Diálogos (Diálogos con Borges y Diálogos con Mallea, ambos de 1969).  Y nos queda sobretodo una extraordinaria correspondencia con las grandes personalidades de su tiempo, entre otra la magnífica Correspondance (en francés) con Roger Caillois (Correspondance Victoria Ocampo Roger Caillois (1939 – 1978), Stock, Paris 1997), en la cual tanto su libertad de espíritu como su estilo y su humor se perciben a cada línea.  También existe una buena biografía de Victoria Ocampo, en francés:  Victoria Ocampo, por Laura Ayerza de Castilho y Odile Fergine, con un preámbulo de Ernesto Sabato (ed. Criterion, París, 1991).

 

Pero su mayor herencia, fue de haber transmitido a Roger Caillois su pasión por la literatura latinoamericana.  En 1945, apenas regresado de Argentina, Caillois se presenta al editor Gallimard para proponerle una colección de literatura latinoamericana que será la futura colección “Croix du Sud”.  Pide a Victoria Ocampo que le mande Aleph de Borges.  En 1946, prepara el especial literatura latinoamericana de la revista Confluences.  En 1951, nace la colección “Croix du Sud”.  En 1957, Caillois traduce y publica Ficciones de Borges, en la prestigiosa editorial Gallimard.  En 1963, Caillois escribe un gran ensayo sobre los temas fundadores de Borges en Les Cahiers de l’Herne (Borges dirá, en forma de broma:  “Yo fui inventado por Caillois”).  Y desde 1965, dentro de su colección « Croix du Sud » publica a Alejo Carpentier, a Vargas Llosa,  a Cortázar, a Fuentes y a muchos otros que, a partir de ahí, alcanzaron una fama mundial.

 

Victoria Ocampo murió en 1979.  Está bien olvidada, hoy en día y su nombre no significa nada para la mayor parte de la gente.  Regaló sus dos propiedades a la UNESCO para crear una futura fundación Ocampo.  La UNESCO vendió Villa Victoria, la mansión de Mar del Plata, a esta localidad, que la conserva como patrimonio histórico y cultural con la idea de crear un museo Ocampo.  La biblioteca, los discos y los cuadros de Villa Victoria fueron transferidos a Villa Ocampo (todavía propiedad de la UNESCO), en San Isidro, cerca de Buenos Aires, pero la casa está cerrada, abandonada y sin cuidado.  Triste homenaje a esta mujer que fue una de las más inteligentes y de las más influyentes del siglo XX para la literatura latinoamericana y para la cultura mundial.

 

©Sergio Belluz, 2015.

 

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20/05/2015
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¿De dónde son los escritores? Literatura latinoamericana, entre viaje y exilio.

Cosmopolitas y multilingües.  Asi son casi todos los escritores latinoamericanos.  Sin que se pierda nunca el talento innato de nuestra cultura para la poesía y las historias.  Al contrario:  devolviéndole a la literatura occidental, en un español rejuvenecido, toda su energía y su magia.

 

“And Ne Forhtedan Nà”.  No se debe tener miedo.  Son las palabras en viejo sajón que el argentino Jorge Luis Borges, enamorado de esta antigua literatura, escogió de la Völsunga Saga para la inscripción de su tumba en el cementerio de los Reyes, en Ginebra,  la querida ciudad de su adolescencia, donde había estudiado al Collège Calvin y donde terminó su vida en 1986.  En  la misma Ginebra, entre 1914 y 1918, el pequeño Julio Cortázar, recién nacido en Bruselas, pasó parte de los años de la primera guerra mundial.  Y fue también en Ginebra que el mexicano Carlos Fuentes (nacido en Panamá, con estudios en Suiza y en Estados Unidos) cursó Hautes Etudes Internationales en la Universidad, lo que le llevó a ser delegado de México ante los organismos internacionales con sede en esta ciudad y luego a seguir trabajando como diplomático para el gobierno mexicano en varios países.

 

¡La lista es interminable!  Muchos futuros escritores entraron precozmente en un mundo lingüístico distinto de su idioma materno o del lugar en donde vivían, sea porque sus padres eran extranjeros (Alejo Carpentier por ejemplo, cuyo padre era francés, o Julio Cortázar, cuya madre era belga), sea porque fueron criados por niñeras o institutrices alemanas, inglesas o francesas (los argentinos Jorge Luis Borges o Alberto Manguel) o porque estudiaron en otros países o en colegios extranjeros en su país mismo.  Y tampoco tuvieron miedo de marcharse un día, de dejarlo todo para empezar y vivir otra vida en otro lugar.

 

El uruguayo Mario Benedetti, nacido en 1920, siguió las clases del colegio alemán de Montevideo, antes de repartir su vida entre esta ciudad y Madrid.  El chileno José Donoso estudió en el colegio inglés Grange en Santiago, obtuvo  en 1949 una beca de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, escribió sus primeras obras en inglés y luego marchó a España donde permaneció 14 años.  El colombiano Álvaro Mutis hizo sus primeros estudios en Bruselas y vive desde años en México.  La chilena Isabel Allende empezó sus estudios en el colegio americano en Bolivia, los continuó en el colegio inglés de Beirut (Líbano) y vive ahora en Estados Unidos.  El colombiano Santiago Gamboa, nacido en 1965, estudió en el colegio italiano Leonardo da Vinci de Bogotá, se licenció en la Universidad Javeriana de Bogotá, se graduó en Filología Hispánica en la Complutense de Madrid, fue a estudiar literatura cubana en la Sorbonne en París y reside ahora en Roma.

 

¿Viaje o exilio?

 

Todos no eligieron marcharse:  el cubano Guillermo Cabrera Infante (Tres Tristes Tigres), nacido en 1929, fundador de la cinemateca de Cuba en 1951, director del Instituto de Cine en 1959 y director de la revista literaria Lunes de Revolución hasta su clausura en 1961, fue nombrado, en 1962, agregado cultural en Bélgica y allí empezó sus más de 30 años de exilio por desacuerdo con el régimen.  Vive ahora en Londres.  El chileno Antonio Skármeta (El cartero de Neruda), se encontraba estudiando en la Columbia University de Nueva York para su tésis sobre Cortázar cuando empezó la dictadura de Pinochet.  Se trasladó a Berlín (en lo que era entonces Alemania Occiedental) donde vivió 15 años y donde, mucho más tarde, en la Alemania reunida, fue nombrado embajador de Chile.  Sin olvidar el cubano Reynaldo Arenas (Antes que anochezca), nacido en 1942, que después de años de maltratos, encarcelamientos y tortura alcanzó a huir de Cuba hasta Miami en 1980.  Durante 10 años más recorrió Venezuela, Francia, Portugal, Suecia, Dinamarca y España para sensibilizar a la gente sobre la realidad cubana.

 

Sin embargo, este cosmopolitismo, estos viajes incesantes, son en general de libre elección:  el uruguayo Juan Carlos Onetti decidió vivir entre Montevideo y Madrid por propia voluntad.   El autor de No se lo digas a nadie (1994), el peruano Jaime Bayly, nacido en 1965, se ha establecido definitivamente en Miami porque lo encuentra práctico tanto para sus actividades de escritor como de periodista y de presentador de televisión.  El autor de Amphytrion, el mexicano Ignacio Padilla, nacido en 1968, se instaló en Londres con su familia porque fue elegido en 2000 agregado cultural de su país, después de haber estudiado en Edimburgh y Salamanca. 

 

Pero ¿por qué tantas ansias de irse?  ¿Qué hay en el extranjero que uno no encuentra en su propio país?  ¿Cuáles son las verdaderas motivaciones para un cambio muchas veces no tan fácil? ¿Cúales son los criterios que permiten a un escritor escoger su destino e irse?  Ahí tenemos los testimonios de muchos autores, en particular los que en un cierto momento de su vida eligieron vivir en París.

 

París, ciudad literaria por excelencia

 

Italo Calvino, el escritor italiano nacido en Cuba en 1923, autor de Ciudades Invisibles, fascinado por las ciudades, reales o imaginarias, escribió en La Machine Littérature (Paris, Seuil, 1984) a propósito de La Comédie Humaine, la gigantesca obra de Balzac:  "Toda la energía novelística está sostenida por la fundación de una mitología de la metrópolis”.

 

Los grandes novelistas y poetas del siglo XIX y XX que se leían en América Latina hasta los años 50, tanto en los colegios como en las universidades, fueron más bien franceses.  Honoré de Balzac, Victor Hugo, Stendhal, Emile Zola, Gustave Flaubert hicieron de París más que una ciudad:  un mito, mágico, sofisticado y literario, un lugar de libertad y de vicio, de riqueza y de cultura.  Éste era el lugar del mundo donde se alcanzaba la fama, donde los escritores eran más que respetados:  glorificados.  Cada aspirante a escritor o a artista ha soñado un día con ir a esta ciudad que abría las puertas al mundo entero.  Y cada artista tenía una razón propia,  una búsqueda más íntima para realizar su deseo.

 

La mayor parte de los escritores latinos que vivieron en París respetaron la mitología de la ciudad:  se instalaron Rive Gauche, o sea en la ribera izquierda del Sena, donde antaño se encontraban la ciencia, la filosofía, la literatura y los artes, por oposición a la Rive Droite, la ribera derecha donde se encontraban el poder y el dinero.  Y no en cualquier lugar de la ribera izquierda, sino en el famoso Barrio Latín, llamado asi porque allí, desde el siglo XII, se encuentra la Sorbonne, una de las universidades más ilustres del mundo, donde el brillante Pierre Abélard (el mismo de Abélard y Heloïse) dictaba sus cursos precisamente en latín, el idioma de la iglesia y de la cultura hasta el siglo XV.

 

La vida de artista

 

“Bohemia de París, alegre, loca y gris, de un tiempo ya pasado...” canta Charles Aznavour.  Para el peruano Mario Vargas Llosa, que en actualidad vive entre Lima, Madrid, Londres y la Ciudad Luz, París fue exactamente eso.  Allí terminó La ciudad y los perros y escribió también La casa verde y Los cachorros y allí empezó Conversación en la catedral.  En uno de sus textos, Sebastián Salazar Bondy y la vocación de escritor en Perú, en Contra viento y marea I (1962 – 1972), Seix Barral, Barcelona, 1983) escribió que París fue para él lo que le salvó de la Lima de los años 1950, donde ser escritor no significaba nada y era “poco menos que la muerte civil, poco más que llevar la deprimente vida de paria”.

 

En sus memorias (El pez en el agua, Seix Barral, Barcelona, 1993), cuenta cómo en 1958 ganó un concurso de relatos breves cuyo premio era un viaje a París patrocinado por una revista francesa.  Enamorado de París, regresó a Lima, consiguió una beca para estudiar a la Complutense de Madrid, y dejó rápido España por París y el Barrio Latín.  Vivió primero en un ático del Hotel Watter y luego en un minúsculo apartamento de la rue de Tournon, cerca del Senado y de los Jardins du Luxembourg.  Cuenta con humor que la casa donde él vivía se ha vuelto muy famosa, pero no por él sino porque allí vivía también Gérard Philippe, un famosísimo actor francés.  Cuenta también que Julio Cortázar le dijo un día que escogió vivir en París “porque no ser nadie en una ciudad que lo era todo era mil veces preferible al contrario”.

 

Julio Cortázar vivía también en el Barrio Latín, en la rue Séguier, cerca de la Place Saint-André-des-Arts y de la Place Saint-Michel, muy cerca del Sena.  Utilizó París en su obra literaria, en particular para Rayuela (1963), la obra que marcó toda una generación:  “¿Encontraría a la Maga?  Tantas veces me había pasado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Ponts des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.”

 

La Maga, Rocamadour y una guía triste

 

El personaje de La Maga fue inspirado por Edith Aron, una argentina de origen alemana, amiga de Cortázar en el París de los años 50.  Tradujo su obra al alemán hasta 79 y con él hizo muchas de las cosas absurdas que cuenta Rayuela, como por ejemplo el entierro solemne de un viejo paraguas en el Parc Montsouris.  Ahora vive en Londres, tiene 81 años y cuenta en una entrevista al País Semanal (Madrid):   “Cuando lo conocí me llamaba Madur, y usó para el nombre del niño el nombre de Rocamadour porque le sonaba bien...”.  Rocamadour, el nombre de una ciudad francesa.  El Club de la Serpiente fue inspirado por la movida parisina del Saint-Germain-des-Prés de estos años (jazz, vodka, política, arte, literatura y metafísica), cuya representante más famosa,  Françoise Sagan, la autora de Buenos días tristeza, acaba de morir.  Julio Cortázar murió en París en 1984.  Su tumba, en el Cementerio Montparnasse, es todavía objeto de devoción.

 

Cortázar fue el maestro de Alfredo Bryce Echenique, “el otro peruano” como lo apodó una famosa revista literaria francesa, en referencia a Vargas Llosa.  Nacido en 1939, vivió en varios edificios del Barrio Latín, todos cerca de La Sorbonne:  rue de l’Ecole Polytechnique, Place de la Contrescarpe, rue de Navarre, rue Amyot.  Paseaba diáriamente en la rue Mouffetard, la Mouff’ para los íntimos.  En su divertidísima Guía triste de París (Punto de Lectura, Santillana, Madrid, 1999), una colección de reportajes que escribió para varias publicaciones (“guías prácticas hay, buenas y malas, pero que yo sepa no existen guías tristes, y mucho menos de París” nos dice de entrada), explica que “la fantasía terminó haciendo de las suyas” a pesar de la absoluta veracidad de los detalles. 

 

Es un irónico retrato de la bohemia latina y de la vida en París, y sus eternos problemas de vivienda:  “Alfredo vivía en un moderno, amplísimo y muy bien iluminado atelier de artista, en la Cité Internationale des Arts.  Y con vista al Sena, nada menos.  Y ni siquiera pagaba alquiler, pues el atelier era una beca que la ciudad de París – a través de su alcaldía, me imagino – otorgaba a escultores, pintores y músicos.  O sea a todos aquellos artistas que requieren de espacios grandes o de perfecta insonorización para su trabajo diario, según averigüé en mi afán de que se me otorgara un atelier-vivienda como el de Alfredo, también a mí.  Pero nones:  los escritores no metemos ruido cuando escribimos y nuestras cuartillas caben hasta debajo de un puente del Sena.”  Sin olvidar las inevitables concierges:  “Mi primera portera era una abuelita que vivía con su madre, y entre las dos sumaban algo asi como un millión de años.  Ella misma decía, pobrecita, que cuando Dios dijo Fiat lux, ya su mamá y ella debían varios meses de electricidad, y que por eso habían terminado en una portería, desde tiempos inmemoriales.”

 

Teoría y práctica de París

 

Cuenta también el ambiente gauche divine de estos años dominados por la pareja Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir:  “En Francia, entonces, se militaba mucho, siempre, eso sí, hacia la izquierda. (...)  Resulta que el cine norteamericano, por provenir del imperialismo yanqui, era todo de derechas.  Asunto grave para mí, porque en mi país de provenencia, o sea en el Perú, casi todito el cine que llegaba venía de Estados Unidos con alienación, neocolonialismo y destino manifiesto.”  Bryce Echenique vivió tranquilo el famoso Mayo 68, la revolución estudiantil cuyo eslogan era sous les pavés, la plage (“debajo de los adoquines, la playa”, que se gritaba tirando los adoquines a los policías), a pesar de haber sido profesor en Nanterre, la Universidad que fue al centro de la revuelta estudiantil.  También enseñó en la Universidad de Vincennes, en las afueras de París, y en la de Montpellier, en el sur del país. 

 

Precisamente, ¿de qué vivían los escritores latinos en París?  De becas y de trabajitos.  Durante muchos años, Francia tuvo una política muy generosa de becas para estudiantes extranjeros de las que aprovecharon muchos futuros escritores.  Pero eran muy reducidas.  Cortázar, que fue becario al principio, tuvo que hacer traducciones (le debemos, en particular, la primera traducción al español de las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar).  A Vargas Llosa le tocó enseñar español en la escuela Berlitz antes de encontrar trabajo como periodista en la sección española de la Agence France Presse, y en un programa de la Radio y Televisión Francesa en español.  García Márquez, en 1955, fue corresponsal del diario colombiano El Espectador en Roma, lo que le permitió llegar a París siguiendo la huella de Hemingway.  En el Barrio Latín, terminó El coronel no tiene quien le escriba, entre dos visitas a la Librería Española a dos pasos de su casa para verificar si tenían sus obras...

 

La Liga para la Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones (fundada después de la primera guerra mundial por Einstein, Valéry, Bergson, Freud, Tagore y Unamuno),  que será a partir de 1945 la UNESCO, siempre ha tenido su sede en París y ha sido una gran fuente de ingresos para una cantidad de escritores latinoamericanos, sea como traductores (¡Cortázar y Vargas Llosa coincidieron en una conferencia en Grecia en 1967!) sea como representantes o embajadores (la chilena Gabriela Mistral, el mexicano Octavio Paz, la cubana Zoé Valdés).  El ministerio de Asuntos Exteriores de sus países respectivos también permitió a muchos escritores vivir cómodamente en París:  Rubén Darío fue nombrado Consul de Nicaragua en 1903, el mexicano Alfonso Reyes fue diplomático de la Delegación mexicana en París de 1914 a 1925, el cubano Alejo Carpentier (que murió allí en 1980), el mexicano Octavio Paz, el mexicano Carlos Fuentes, el chileno Pablo Neruda fueron todos embajadores de su país en París.  Pero nada de Rive Gauche y de Barrio Latín:  ¡estos últimos pasaron directamente a la ribera derecha del Sena!

 

©Sergio Belluz, 2015. (Revista Mapalé, Toronto: Editorial Mapalé, abril 2005)

 

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Ilustración:

- Julio Cortázar (en.wikipedia.org)

- tomba de Cortázar en el cementerio de Montparnasse (Sergio Belluz)

 


20/05/2015
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¡Déjate conquistar por el país de los Conquistadores!

Guadalupe, Medellín, Mérida, Trujillo... ¿Colombia? ¿México? ¿Perú? ¿Venezuela? No, señor:  ¡Extremadura!

 

Y es que de esta región, situada en el centro de la península ibérica – ¡y sin ningún acceso al mar! – salieron los Conquistadores más famosos de la historia:  Hernán Cortés (México), Vasco Nuñez de Balboa (Panamá), Francisco Pizarro (Perú), Hernando de Soto (Florida) y Pedro de Valdivia (Chile), entre otros.  ¿Qué iban a hacer sino nombrar los lugares del Nuevo Mundo con nombres de su tierra natal? Se encuentran "Nuevas Extremaduras" en México, Costa Rica, Venezuela y Chile.  Es también aquí, en Extremadura, que la imagen de la Virgen de Guadalupe, símbolo de la Hispanidad, patrona de México y Emperatriz de América, fue encontrada primero en el siglo XIV por un pastor de la región de Cáceres en las orillas del río Guadalupejo.  Su historia es mucho más antigua:  posiblemente de origen copto (los primeros cristianos de Egipto), llegó aquí quizás por las invasiones árabes, después de haber pasado por Jerusalén, Roma y Sevilla.  Sus milagros fueron tan grandes que Alfonso XI, en 1340, hizo construir en el sitio una iglesia donde se encuentra hoy un monasterio declarado "Patrimonio de la Humanidad" por la Unesco.

 

Nombrada a la vez por su ubicación al límite con las tierras árabes de Al Andalús – la actual Andalucía – y sus caractéristicas geográficas ("extremos duros" era como se le cualificaba a esa tierra seca, lugar de lucha y de batallas constantes entre españoles y árabes), Extremadura es una de las regiones más hermosas y menos conocidas de España.  Relativamente aislada, situada en el centro de las tierras, al sur de Madrid y de Castilla, con una frontera con Portugal, la región no ha tenido el desarrollo turístico de Andalucía, su vecina del sur o el de la Costa Brava, en Catalunya. 

 

Por eso mismo es quizás una de las regiones españolas más auténticas:  después de la Reconquista – los árabes de Al-Andalús se quedaron 7 siglos en gran parte de España hasta la caída de Granada en 1492 – la región fue repoblada por las Órdenes Militares que habían recuperado para los Reyes Católicos las tierras españolas ocupadas por los árabes.   Estos mismos hombres "mitad monjes mitad soldados", como se les describía en su época, iban luego a conquistar América.  Sus orgullosas ciudades, enriquecidas por el oro y la plata de los Aztecas y de los Incas, quedan perfectamente conservadas y sirven regularmente de tela de fondo para cantidades de películas históricas para la televisión y el cine.

 

Cáceres, resumen de la historia de España y escenario del Siglo de Oro

 

Fundada en 34 a.C. por los romanos, Norba Cesarina ("nueva ciudad de César") fue luego renombrada Cazires cuando fue conquistada por el rey árabe Abú Jacob (que obviamente pronunciaba mal el latín), y fue sólo después de quatro Reconquistas de parte de los españoles, la última en 1229, que adquirió su nombre definitivo.  Cáceres, Ciudad Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1986, tiene un centro histórico espectacular y perfectamente conservado:  encerrado por una muralla edificada por los romanos y completada por los árabes, el conjunto histórico, de color dominante ocre, es una mezcla armoniosa de arquitectura romana, árabe y cristiana, con una mayoría de palacios e iglesias de los siglos XV y XVI.  Lo mejor es perderse por sus calles, recordando escenas del teatro español del Siglo de Oro, con sus alguaciles, sus hidalgos, sus intrigas amorosas y sus viejas dueñas desabridas.

 

Desde la Plaza Mayor, pasando por la monumental puerta en la muralla árabe, entrada principal al conjunto, se llega a la Plaza Santa María. Amplia e irregular, está bordeada de majestuosos palacios señoriales – entre otros el Palacio Carvajal, convertido en museo, con un magnífico patio interior y un jardín andaluz – que contrastan con el austero Palacio Episcopal y la Iglesia de Santa María (siglo XV).  En un rincón afuera de la iglesia, no se olviden de acariciar los pies brillantes de la estátua de San Pedro de Alcántara, objeto de veneración fetichista por generaciones de paseantes.  Cruzarán luego la bellísima Casa Almudéjar (de arquitectura árabo-cristiana) y la romántica Plaza San Jorge por debajo de la impresionante Iglesia San Mateo (siglo XV) culminando en el punto más alto de la ciudad. Bajando, podrán descubrir el Museo Provincial o Casa de las Veletas (siglo XVIII), construida por arriba del antiguo castillo árabe, el alcázar, cuyo aljibe – una cisterna en forma de cripta para colectar y filtrar el agua – todavía se puede visitar. Una pasarela conecta el museo con el vecino Palacio de los Caballos, ahora museo de Arte Contemporáneo.  A dos pasos, en el barrio de San Antonio, se encontraba el barrio judío de Cáceres antes de la expulsión de los judíos de España en 1492.  En su final, se llega abajo de la Cuesta del Marqués que efectivamente cuesta subir!  Pero ánimo:  conduce a la Casa Museo Árabe, completamente restaurada, con baños, harén y salón de té, tal cual se encontraba antiguamente en Cáceres.

 

Cáceres ha estado muy presente en las aventuras americanas de sus ciudadanos más ilustres:  el magnífico Palacio de Moctezuma (siglo XVI) fue propriedad de Juan de Toledo de Moctezuma, nieto de la única hija legítima del emperador Moctezuma, la princesa azteca Tecuixpo Ixtlaxochil (conocida como doña Isabel Moctezuma) que se había casado en México con el cacereño don Juan Cano Saavedra, capitán de Hernán Cortés. Aquí nació el jesuita González Holguín, llegado en Perú en 1580, autor de Arte Nueva, Gramática y Vocabulario en la lengua general del Perú llamada Quichua y en lengua española de suma importancia para el conocimiento de la cultura indígena peruana.  Sin olvidar la calle Francisco Godoy (oficial de Francisco Pizarro en Perú) y, en la plaza de Santiago, el Palacio Godoy, cuyos bustos dizque representan el mismo Godoy, su esposa, su jefe Francisco Pizarro y la princesa inca de quien éste tuvo una hija:  ¡ya no es chisme, es historia!

 

Trujillo, la ciudad de Pizarro

 

Precisamente, a media hora de Cáceres, Trujilllo – la Turgalium romana deformada por los árabes en Turgielo o Turgiela – fue reconquistada en 1232 y es otra magnífica muestra de la riqueza histórica de Extremadura.  Aquí fue en parte filmado 1492:  Conquest of Paradise de Riddley Scott, con Gérard Depardieu en el papel de Cristóbal Colón.  Imposible ignorar que ésta es la ciudad natal de Francisco Pizarro, Conquistador del Perú: en la amplia Plaza Mayor o Plaza de la Hispanidad, el héroe en su caballo salvaje, con armadura, casco de pluma y espada autoritaria, está eternamente listo para vencer cualquier beligerante.  Esta estátua es del norteamericano Carlos Rumsey y es una réplica de la que se encuentra en Lima.

 

En la misma Plaza Mayor, rodeada de magníficos palacios renacentistas, entre otros el Palacio de los Duques de San Carlos (siglo XVI – XVII), se encuentra la Casa Museo Pizarro, que pertenecía en realidad a su padre, el capitán don Gonzalo de Pizarro (¡el Perú fue un lucrativo negocio de familia, a juzgar por la riqueza del palacio y el elevadísimo número de hermanos y familiares que se llevó Francisco Pizarro en sus hazañas!). Allí está recreada una casa aristocrática del siglo XV y hay una exposición permanente sobre el conquistador.  El fabuloso balcón, con sus representaciones de Francisco Pizarro y su esposa la princesa inca Inés Haylas Yupanquí, es la primera representación pública del mestizaje entre España y Latinoamérica. Otros trujillanos ilustres fueron Fray Jerónimo de Loaísa, fundador de la primera Universidad del Perú, Fray Gaspar de Carvajal, partícipe de la búsqueda de El Dorado y autor de una apasionante Relación llena de observaciones "científicas" (al dominicano le fascinaron las mujeres amazonas que "andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en la mano haciendo tanta guerra como diez indios", ¡dulces tiempos!) y doña Isabel de Trujillo, una de las mujeres más rica de su tiempo, que introdujo el trigo y otros cultivos en Perú y fundió el monasterio de la Concepción de Lima en donde terminó su vida como monja.

 

Y es que Trujillo ha sido y sigue siendo una ciudad muy religiosa, llena de edificios, conventos y claustros muy importantes:  la románica Iglesia de Santa María (siglo XII – XIII) contiene un magnífico retablo y los restos de toda la nobleza local. En el Convento de la Merced (siglo XV) vivió un tiempo Tirso de Molina, creador del Convidado de Piedra y del famoso personaje de don Juan. Los claustros de las monjas Jerónimas de Santa María y de las Dominicas de San Miguel proponen deliciosas galletas que se compran por una especie de taquilla giratoria que les permiten cobrar sin ser vistas.  Del pasado árabe de Trujillo queda una cisterna que los niños utilizan como piscina y el impresionante Alcázar que domina todo Trujillo y ofrece un magnífico punto de vista sobre las tierras ásperas que rodean la ciudad.  Antes de marcharse, es imprescindible asistir por lo menos una vez al espectacular ocaso del sol que tinta de rosa la Plaza Mayor, una de las plazas más aristocráticas y más hermosas de España.

 

Mérida, ciudad romana

 

A una hora de Trujillo, Mérida ha también tenido muchos conquistadores, ¡pero romanos! La capital de Extremadura luce un modernísimo puente blanco, obra de Santiago Calatrava, pero no ha totalmente dejado de ser la antigua Augusta Emérita, capital de la Lusitania – el antiguo Portugal, a una hora de aquí – fundada por los romanos en el siglo 25 a.C.:  a la entrada de la ciudad, se ven por un lado el altísimo Acueducto Romano y por el otro los 792 metros del Puente Romano, todavía en uso, sobre el río Guadiana.  Los árabes construyeron su Alcazaba, una fortaleza del siglo IX, para defender el puente.

 

Mérida creció alrededor de sus monumentos romanos:  el Arco de Trajano, completamente integrado, sirve de puerta de entrada a una plaza.  Las columnas blancas del Templo de Diana aparecen por sorpresa en una esquina del centro.  El Circo Máximo (403 metros de largo por 96 de ancho), único en España, servía para las carreras y contenía 36 mil espectadores.  La Villa Romana y sus mosáicos nos recuerda lo que los patios españoles deben a la antigua domus romana.  ¡Y las corridas de toro de las arenas al lado tienen mucho que ver con los juegos del circo romano!

 

Panem et circenses, "pan y juegos", exigía el pueblo romano.  Y precisamente por sus juegos y sus espectáculos Mérida logró su título de Patrimonio Mundial de la Humanidad: su enorme Anfiteatro (siglo 15 a.C.), contenía 15 mil espectadores y servía para los gladiadores y para las naumaquias, batallas navales artificiales particularmente apreciadas por los romanos.  Su espectacular Teatro Romano (siglo 14 a.C.), con una capacidad de 6 mil espectadores, servía únicamente para el arte dramático.  ¡En el verano no se le notan sus 20 siglos! El Festival de Teatro Clásico le devuelve todo su esplendor y, en su antiguo escenario,  renacen los grandes autores griegos, latinos y españoles y sus personajes eternos. 

 

Un teatro vacío siempre está poblado por los actores, los protagonistas y el público que han compartido un día risas, pasión, sufrimiento y emoción.  Asi es Extremadura, escenario histórico lleno de los sueños de grandeza y de riqueza de sus habitantes y de nostalgia por lo que ha sido y que ya no es. 

 

©Texto y fotografías: Sergio Belluz, 2015 (publicado en la revista Mapalé  No1, noviembre de 2004, Toronto: Editorial Mapalé, 2004)

 

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Ilustraciones:

- Cáceres (2 primeras fotos)

- Trujillo (2 fotos intermediarias)

- Mérida (2 últimas fotos)

 

Pequeña bibliografía

 

  • La Ruta de los Conquistadores, José Maria Íñigo y Antonio Aradillas, Ediciones Jaguar, Madrid, 1999
  • Cartas de Relación, Hernán Cortés, editores mexicanos unidos, México, 1992
  • Historia verdadera de la Conquista de Nueva España, Bernal Díaz del Castillo, Plaza Janés, Barcelona, 1998
  • Histoire de Mexico, Serge Gruzinski, Fayard, Paris, 1996
  • Guide du Routard:  Espagne du Centre, Hachette, Paris, 2003

19/05/2015
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América latina: ¡Un nuevo siglo de oro!

Literatura, Cine, Bellas Artes: el siglo XX marcó la llegada de artistas latinos que han revolucionado la cultura universal

 

Carlos Gardel, Frida Kahlo, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Garcia Márquez, Fernando Botero, Celia Cruz, Diego Maradona, Shakira o Mafalda: en cualquier lugar del mundo, en la disciplina más popular como en la más prestigiosa, se han ilustrado grandísimos artistas y personajes latinoamericanos que han terminado siendo iconos de la cultura universal.  Pero precisamente,  ¿Tienen algo en común un Argentino, un Colombiano, un Guatemalteco, un Mexicano o un Cubano? ¿Existe una identidad y una cultura común latinoamericana?

 

¡Y cómo! Misma historia de un encuentro imprevisto, misma colonización, mismo mestizaje de razas y de culturas.  Mismas dificultades económicas y políticas, mismas inmigraciones y emigraciones.  Y un mismo complejo de inferioridad frente al poderoso vecino anglo-sajón, de quién Latinoamérica ha sido y sigue siendo tan dependiente histórica como económicamente.

 

Y, además, una doble latinidad fundamental: un mismo idioma de origen latino, ahora el segundo más hablado después del Mandarín y antes del Inglés, y el mismo catolicismo romano mayoritario. 

 

El nacimiento cultural de Latinoamérica

 

El siglo XX vio el fin de los grandes poderes coloniales europeos. España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sus últimas posesiones, en 1898, ¡hace poco más de un siglo! Las revoluciones de México, Rusia, China y Cuba y las dos guerras mundiales anunciaron grandes cambios geopolíticos, el ocaso de la supremacía europea en el mundo, y el dominio político y económico de Estados Unidos. Los avances tecnológicos como la aviación, la fotografía, la reproducción sonora, el cine, la radio, la televisión y las telecomunicaciones aceleraron los intercambios y pusieron al alcance universal culturas y lugares hasta ahora lejanos, aislados e inaccesibles.

 

Al mismo tiempo, por razones históricas, políticas y económicas, ocurrió una enorme emigración latinoamericana hacia Canadá, Estados Unidos y Europa.  Gente de todo tipo y nivel: campesinos, obreros, profesionales, científicos, artistas e intelectuales que se adaptaron a nuevas realidades sin perder sus raíces.  Al contrario,  aportando a sus nuevas circunstancias, y al mundo, toda la originalidad y la riqueza de su cultura. 

 

Y, como le ocurre a un italiano o a un alemán que, fuera de Europa, se sienten profundamente europeos, ha nacido poco a poco un nuevo sentimiento de pertenencia a esta amplia comunidad que en Estados Unidos y Canadá llaman Hispanics, en España latinoamericanos y en Francia Latinos.

 

Un nuevo Siglo de Oro

 

Hasta el siglo XX, y a pesar de la independencia política de cada país, la mayoría de los creadores latinoamericanos no habían encontrado un camino totalmente libre de la influencia europea: las relaciones con España, por obvias razones lingüísticas, culturales y económicas, siguieron siendo muy fuertes.  Por otra parte, los filósofos, poetas y artistas franceses, como las grandes culturas europeas (Italia, Alemaña, Gran Bretaña), inspiraron a muchos intelectuales y artistas latinoamericanos.

 

El siglo XX creó las condiciones perfectas para que naciera y se difundiera a gran escala la cultura latinoamericana y sus grandes artistas.  En este nuevo mundo, los intelectuales, los escritores, los músicos, los pintores empezaron a expresar toda la idiosincrasia de su cultura, a buscar inspiración en su realidad, a interpretar, reproducir y recrear esta realidad con su propio vocabulario, sus propias imágenes, sus propios sonidos y sus colores originales.

 

¿Pero por qué tanto éxito?

 

América, un sueño europeo

 

Siglos antes de 1492 se hablaba ya de tierras fabulosas más allá del mar.  La misteriosa Atlantida fue quizás la primera América soñada.  El mito de El Dorado, fue un estimulante para los Conquistadores, y, para los filósofos, los escritores, los músicos, los pintores, fue la continuación del sueño, el afán absoluto de un más allá mejor que Europa, sin guerras ni enfermedades, puro, hermoso, noble.  Este deseo europeo del Otro, de los grandes espacios, de lo exótico, de lo mágico se concretó particularmente en América Latina, con sus civilizaciones misteriosas, sus pirámides que recordaban las de Egipto, su vegetación, sus indígenas desnudos en un nuevo Edén.

 

¡El poder y la riqueza de la España del Siglo de Oro confirmaron las leyendas!  Los relatos españoles impresionaron profundamente el imaginario europeo,  fueron compuestas óperas sobre Moctezuma y Cortés. El choque de civilizaciones fue equiparado por los artistas europeos con los grandes acontecimientos de la mitología greco-romana y del mundo antiguo.  Ya a partir del siglo XVI, los más grandes compositores europeos Claudio Monteverdi, François Couperin, Georg Friedrich Haendel y Johann Sebastian Bach compusieron sus respectivas y magníficas Chaconnes utilizando la chacona, uno de los primeros ritmos latinoamericanos importados en Europa por los españoles, probablemente del Perú.

 

Novedades como la papa (la patata), el maiz y los nuevos tejidos invadieron toda Europa.  En España ya se pudo saborear el chocolate en 1528 y en Italia en 1606.  Esta deliciosa bebida, que tenía fama de excitante y de afrodisíaca, guardó su nombre, casi idéntico, en todos los idiomas europeos (xocoatl, en náhuatl, el idioma de los Aztecas).  El tomate (tomatl, en náhuatl) fue nombrado pomodoro (manzana de oro) en Italia en 1544.  En Francia se habló tanto del oro del Perú que todavía se dice c'est pas le Pérou (no es el Perú) para decir que hay poco dinero.

 

París, capital latinoamericana

 

"Tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos", dice el refrán para explicar las dificultades políticas, económicas y sociales de México.  Se puede aplicar a toda Latinoamérica.  Quizás por eso Francia – también de cultura mayoritariamente católica y de idioma de origen latino – ha sido y sigue siendo la alternativa latina a Estados Unidos y París, su capital, uno de los lugares claves en el reconocimiento y en la difusión de la cultura latinoamericana en el mundo y la capital cultural latinoamericana por excelencia. 

 

Por ser el país de la Revolución y de la Declaración de los Derechos Humanos, Francia ha sido un modelo histórico universal.  Las revoluciones del Siglo XX tienen su origen en la Revolución francesa.  París fue la capital científica y cultural del mundo hasta la Segunda Guerra Mundial. Los filósofos, los intelectuales, los escritores, los artistas franceses, por su curiosidad, su libertad y su modernidad de pensamiento, tuvieron una enorme influencia en Latinoamérica. 

 

La bandera de Brasil todavía lleva el lema "Ordem e Progresso" del filósofo Auguste Comte, cuyo Positivismo (ciencia y tecnología como solución para la humanidad), inspiró tanto a los nuevos países de América Latina.

 

Una larga historia de amor

 

La admiración fue mútua desde el principio: en el siglo XVIII el compositor Jean-Philippe Rameau puso muchas plumas y fantasías sobre América Latina en su ópera-ballet Les Indes Galantes.  El filósofo Jean-Jacques Rousseau, en su Contrato Social, se inspiró de los relatos sobre los indígenas para su visión del hombre fundamentalmente bueno pero corrupto por la sociedad.  Voltaire, fiel a sí mismo, intervino para condenar la esclavitud y el maltrato de los negros y de los indígenas en las colonias.  A Maximiliano de Habsburgo y a su esposa Charlotte – nombrados emperadores de México por Napoleón III – les debemos la creación, en el siglo XIX, de los mariachis mexicanos, estas bandas que contrataban para las bodas (mariage en francés, lo que dio su nombre a la orquesta, por mala pronunciación).  Georges Bizet, hizo cantar a su bella gitana Carmen "L'amour est un oiseau rebelle", uno de los más grandes éxitos musicales de todos los tiempos, adaptando una melodía del español Sebastián Iradier inspirada en las populares danzas habaneras que había escuchado durante una estancia en Cuba.  Otras habaneras fueron compuestas por los más grandes compositores franceses como  Camille Saint-Saëns, Gabriel Fauré, Maurice Ravel y Claude Debussy.

 

Hasta los años 1930, en Buenos Aires y Montevideo, las prostitutas francesas animaban prostíbulos muy concurridos y tenían fama de divertidas, pícaras y atrevidas por venir – ¡como las cigüeñas, pero por otras razones! – de París.  En estos mismos lugares de alterne, Carlos Gardel, argentino de origen francés, convirtió el tango en símbolo músical absoluto de Argentina en el mundo entero. El tango fue adoptado definitivamente por París.  La cubana Rita Montaner encantó las noches parisienses con las canciones Siboney y El Manisero, que quedaron como clásicos mundiales del siglo XX.  Alejo Carpentier, cubano de origen francés, empezó su carrera de escritor con artículos en revistas cubanas sobre los éxitos parisienses de la famosa cantante. El escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias,  el escritor y poeta mexicano Octavio Paz (ambos futuros Premios Nobel de Literatura) y el pintor cubano Wilfredo Lam, frecuentaron con pasión los círculos surrealistas de París. A partir de los años 50, los intelectuales franceses de izquierda, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir en particular, apoyaron la revolución cubana y la elección de Salvador Allende en Chile, y luego se solidarizaron contra las dictaduras en Chile y en Argentina.  Muchísimos artistas e intelectuales argentinos se refugiaron en París, entre otros los musicos del Cuarteto Cedrón, los directores de escenario argentinos Jorge Lavelli y Alfredo Arias, ahora instituciones del teatro francés, y Copi (Raúl Damonte), caricaturista para la famosa revista Le Nouvel Observateur, creador, entre otros, del personaje la Mujer Sentada con sus comentarios absurdos y sarcásticos sobre el mundo.  En 1981, el presidente francés François Mitterrand, por admiración a su obra,  le concedió al escritor argentino Julio Cortázar la nacionalidad francesa.

 

Sin olvidar los grandes escritores, artistas y creadores franceses que de un modo u otro están vinculados con Latinoamérica.  Los "Uruguayos de París", grandes poetas franceses nacidos en Montevideo en el siglo XIX :  Lautréamont, precursor del Surrealismo con sus Chants de Maldoror, Jules Laforgue,  creador del verso libre en la poesía francesa,  y Jules Supervielle cuyos poemas y cuya novela, L'Homme de la pampa, están llenos de nostalgia por su tierra natal. Y los "Cubanos de París":  el poeta José María de Heredia, cuyos sonetos hacen parte de la cultura clásica francesa, y el pintor Francis Picabia, de padre cubano, dadaista de la primera hora y pintor de vanguardia toda su vida.  ¿Y quién recuerda que el pintor francés Paul Gaughin vivió hasta sus 10 años en Perú, lo que probablemente fue de gran importancia en su afán de exotismo? ¿Y que las mejores películas del gran director francés François Truffaut alcanzaron una fama mundial también por la exquisita fotografía del genial cubano Néstor Almendros?

 

¡La cultura es la identidad!

 

Si no fuera por Francia, que se rechaza a considerar la cultura como producto comercial y exige la famosa "excepción cultural" en todos los tratados comerciales internacionales, si no fuera por sus editores, siempre interesados en descubrir escritores de otras culturas y que han sabido reconocer y publicar muchos de los escritores latinoamericanos pasados y actuales – la cubana Zoé Valdés, el colombiano Fernando Vallejo empezaron su carrera primero traducidos al francés y publicados en Francia –, si no fuera por su curiosidad para todas las músicas del mundo y todos los grandes compositores, si no fuera porque París sigue siendo la capital mundial de la fotografía, que ha sabido valorar en sus museos, si no fuera por la muy influyente Cinemathèque Française que recogió, estudió, editó, presentó y conservó cantidades de películas latinoamericanas y del mundo entero, si no fuera por el famoso Festival Internacional de Cine de Cannes, siempre atrevido en su programación y que ha permitido a directores, actores y películas de otras cinematografías de alcanzar una fama mundial ¿qué sería del patrimonio cultural latinoamericano y el de muchos otros?

 

Es que el actual desequilibrio es tremendo: Estados Unidos, primer productor cultural mundial, queda profundamente ensimismado en su territorio, en su cultura y en su idioma y es completamente ajeno a otras culturas.  No existe ni un interés público, ni una política cultural oficial abierta a otras influencias. La cultura es considerada ante todo un mercado comercial y no hay espacio para "productos culturales" extranjeros.  ¿Acaso ha existido una vez una película no americana doblada en inglés y distribuida en el circuito comercial americano?  Además, por su enorme poder económico, su dominio de los medios de comunicaciones mundiales y sus métodos de marketing, Estados Unidos impone al mundo entero su cultura y sus valores. Sus escritores, sus pintores, sus músicos, sus películas, sus actores, sus periódicos, sus canales y sus programas de televisión ocupan tanto espacio que las otras culturas no tienen ninguna visibilidad y les resulta muy difícil expresarse. 

 

Y el desequilibrio se encuentra también en Estados Unidos mismo: ¿dónde se pueden expresar estos 40 millones de ciudadanos americanos hispano-parlantes que constituyen ahora la primera minoría del país?  ¿Quién se dirige específicamente a ellos, a parte los políticos que necesitan el voto latino?  ¿Y qué pasa con los millones de otros latinoamericanos viviendo legalmente e ilegalmente en su territorio, en Canadá y en Europa y que tratan de conocer, de entender y de mantener su propria herencia y su propria cultura? Este nuevo factor no ha sido todavía completamente asimilado y entendido ni por los países con fuerte inmigración latina ni por los latinoamericanos mismos que no se han enterado aún de su poder económico, político, sociológico y de su enorme importancia cultural.

 

Tampoco existe todavía una verdadera evaluación del patrimonio cultural latinoamericano, una reflexión objetiva sobre el valor de su cultura y su aporte a la cultura mundial.  Quizás por un cierto complejo de inferioridad, quizás por falta de cohesión por parte de los creadores, individualistas por definición.  Quizás también por las políticas culturales de los mismos países latinoamericanos que, con presupuestos inadecuados y por ignorancia, negligencia y conformismo no apoyan una política activa de valoración del capital cultural latinoamericano.  ¿Cuántas películas perdidas por falta de una política de conservación del patrimonio cinematográfico? ¿Cuántas partituras de grandes compositores desaparecidas o imposibles de encontrar porque no existe un interés suficiente para recogerlas, estudiarlas, editarlas y ponerlas a disposición de los musicólogos, de los músicos y del público?

 

©Sergio Belluz, 2015. (Revista Mapalé, número 1, Toronto: Editoral Mapalé, julio de 2004)

 

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Ilustraciones

 

Frida Kahlo

Jorge Luís Borges

Carlos Gardel

Pablo Neruda

Rita Muntaner


15/05/2015
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Siesta de abril (Razón de amor con los Denuestos del agua y el vino): un estudio sobre su significado.

Razón de amor con los Denuestos del agua y el vino es un poema que reapareció en 1887, cuando el hispanista francés Morel-Fatio preparaba una edición de un manuscrito de la Bibliothèque Nationale Française – este poema (o estos dos poemas), se encontraba(n) en una colección de sermones en latín: se supone que estos sermones circularon por España, y que el poema se mezcló en la colección de sermones.

 

La datación que se da al poema es más o menos a finales del siglo XII o al principio del siglo XIII. La ubicación del poema, sus orígenes geográficas – definidos por el lenguaje usado – ha sido punto de discusión: aunque todos los filólogos acepten que se trate de un texto castellano, las opiniones son diversas por lo de las influencias dialectales que se encuentran en el texto: Morel-Fatio, el descubridor de dicho texto, vio una influencia del dialecto aragonés, en vez que Carolina Michaëlis de Vasconcelos, por ejemplo, vio palabras como feyta, dereyta, meu, fillo, como signo de una influencia portuguesa, o por lo menos del oeste de España.

 

Probablemente que el copista del poema venía de Aragón: el nombre del explicit, del final del poema, “Lupus de Moros”, se refiere tal vez a la ciudad de Moros, en el sur de la provincia de Zaragoza. Pero no se sabe, sin embargo, si este Lupus es el autor, el traductor (de un texto del provenzal), o el copista.

 

I           Posibles filiaciones del texto

 

La estructura muy particular de este poema hace difícil encontrar los orígenes del texto: por ejemplo, si se considera el poema como dos poemas, se estudiarán sus filiaciones de manera separada, como si estos dos poemas fuesen de fuentes completamente distintas, en vez que si se considera la unidad del poema, se estudiará sólo la filiación del poema entero, y luego cambiará el punto de vista.

 

Morel-Fatio considera el texto como dos poemas distintos, y describió el primer poema (la conversación de dos amantes en un huerto paradisíaco) como una “pastorela de sabor provenzala o portuguesa más bien que castellana”; por lo del segundo poema, lo ve como un debate, y lo relaciona con la tradición de los debates latinos medievales – por ejemplo, el Denudata veritate, compuesto en el siglo XIII, o el Conflictos vini et aquae) – , o franceses, como La Disputaison du vin et de l’aue).

 

Otro crítico, Arsenio Pacheco, a pesar de que considere la obra como un solo poema, se concentra más bien en la relación que ve entre la primera parte del poema (el encuentro de los amantes en el huerto) y la Materia de Bretaña, es decir esta serie de romances que tratan del rey Arturo y de los caballeros de la Mesa Redunda. Pacheco relaciona la primera parte del poema con el texto medieval francés del Bel Desconüe, que hace parte del ciclo arturiano. Su hipótesis se basa en el paralelo que hace entre la historia del Bel Desconüe (un caballero llamado Guinglain que es amado por dos mujeres: una hada y una princesa con la cual, al final, se casará) y el clérigo de nuestro poema, amado por una dona bela y corteza (lo dice la doncella en los versos 90 – 93) que podría ser la princesa, y que es amado también por la doncella (que podría ser la “hada”, según la descripción muy mágica de su belleza). Relaciona Pacheco los vasos con el Graal, y supone que esta leyenda del Bel Desconüe, muy conocida en Europa, pudiera haber influido en el autor del poema.

 

Como ya dije, Pacheco cree en la unidad del texto, y aunque relacione el debate vino/agua con la tradición debativa latina del “sic et nunc”, trata también de ligar las dos partes del poema mediante la interpretación de los vasos de vino y de agua como copias del Santo Graal – y me parece difícil, leyendo el poema, y especialmente el debate, con su humor y su vivacidad, relacionar esta parte con la seriedad de la Materia de Bretaña. Además, Pacheco considera más bien los vasos del inicio del poema, pero no dice claramente cómo incluye en su teoría los vasos del debate.

 

Menéndez Pidal, otro filólogo, considera el texto como una sola entidad, sobretodos porque nota que el lugar (el huerto) y el tiempo (el mediodía) son los mismos en la dos partes del poema. Supone que tal vez la obra no está terminada y que el debate vino/agua debía de ser sólo un episodio en medio de la escena de amor, y que entonces falta la conclusión de esta escena. Propone otra explicación, por la falta de unidad entre las dos partes, en la distracción del poeta, pero no propone ninguna filiación.

 

II          Aspectos descriptivos

 

Díaz Plaja, en su artículo sobre Razón de amor con los Denuestos del agua y el vino, nota que la primera parte del poema tiene dos tópicos, dos pasajes obligatorios de la lírica de la Edad Media:

 

  1. El “locus amoenus”, es decir la descripción de la Naturaleza, del lugar del texto; en general, dicha descripción presenta una natura convencional y muy literaria (estas descripciones tienen sus orígenes en Teócrito, Virgilio, Horacio y Ovidio, y en la tradición bucólica de la Edad Media). La naturaleza sirve de decorado para diálogos bucólicos; se trata generalmente de un prado verde, arbolado y florecido con brisa perfumada y con fuentes refrescantes.

 

En la primera parte de nuestro poema, tenemos:

 

  1. Un huerto con olivos, manzanas y tal vez granadas (malgranar, sería tal vez un error del copista por manzanar).

 

  1. Una fuente perenal que da frescura y verdor y muchas flores.

 

Este decorado es el lugar ideal para el diálogo de los dos amantes.

 

  1. La “descriptio Puellae es el segundo tópico que nota Díaz Plaja: es la descripción de la muchacha, que sigue reglas retóricas de orden (v. 58 – 69) que Díaz Plaja compara con otros textos del período, en particular María Egipciaca.

 

III         Interpretaciones

 

Como ya dije, la interpretación del poema es directamente relacionada con la manera de leerlo sea como un poema sólo, sea como dos poemas reunidos en uno.

 

Morel-Fatio, partidario de que el poema son en realidad dos poemas yuxtapuestos, describe la primera parte como una pastorela de influencia provenzala o portuguesa, y relaciona la segunda con la tradición de los debates.

 

Al contrario, Leo Spitzer, en su artículo Razón de amor con los Denuestos del agua y el vino, es partidario de la concepción unitaria del poema, lo que le permite interpretar el poema como cargo de simbolismo. Spitzer ve este poema como una representación simbólica de la reunión entre los dos conceptos antitéticos de castidad y de placer: esta representación tiene lugar en un huerto que es símbolo del jardín del placer, o sea del Paraíso terrenal.

 

En este paraíso están los dos vasos, uno de agua y uno de vino: Spitzer los interpreta como símbolos respectivos de amor espiritual (el agua) y de amor carnal (el vino), y nota sus respectivas caracterizaciones:

 

  1. El vino es viril, irascible, grosero.

 

  1. El agua es suave, moderada, altruista.

 

Spitzer nota que al encontrarse los dos amantes no se conocen de vista (amor platónico), pero después, la doncella besa con mucha pasión al clérigo (amor sensual). Este texto, entonces, reconciliaría los dos amores, el platónico y el sensual, el espiritual y el humano. Spitzer nota que:

 

  • Los dos vasos fueron puestos en el manzano (árbol bíblico por excelencia) por la dueña del huerto – que no es la doncella.

 

  • Esta dueña sería una representación de Venus que envía a la doncella vino, símbolo del amor carnal, y agua al escolar, símbolo de amor espiritual.

 

  • La paloma es símbolo venusiano, y Spitzer opina que por la voluntad de Venus, la paloma vierte el agua en el vino para que se mezclen los dos amores, el espiritual y el carnal, en un solo amor, el amor de Cristo, como el agua que sirve al bautismo y el vino que sirve a la Eucaristía se juntan el la liturgia católica en el amor de Dios.

 

Spitzer, es partidario de la unidad del poema, y esta unidad, la ve creada en el poema por el motivo de la sed: al inicio del poema, el clérigo tiene sed de bebida, y bebe a la fuente; al beber esta agua, quiere cantar “fin amor” (como si tuviera sed de amor), y aparece la doncella, lo que permite el desarrollo de la “visión amorosa” y de la escena entre los dos amantes; luego, esta sed a la vez de agua (amor espiritual) y de vino (amor carnal) es expuesta en los “denuestos del agua y del vino”, que es un debate entre los méritos de cada uno – se acaba el debate en que cada uno habla de su papel en la liturgia católica. Venus ha provocado la exposición para revelar que el verdadero amor es la mezcla entre el amor espiritual y el amor carnal.

 

Esta teoría muy poética alcanza juntar harmoniosamente todas las partes del poema, excepto el “explicit”: ¿por qué el poeta habría de preferir el vino? Especialmente si el poema es de tipo alegórico/moralista, me parece que el fin del poema no cuadra con la lógica del resto.

 

*   *   *

 

Estudiar un poema como Razón de amor con los Denuestos del agua y el vino permite al lector percibir la sutil belleza de los textos medievales. En el mismo tiempo, se alcanzan ciertos límites de percepción: otra cultura, otra civilización aparece, cuya complejidad y cuyo misterio poco a poco aclaramos, sin estar seguros de que tengamos un día la clave de su valor y de su significado exacto.

 

Nuestra manera de interpretar los textos – a la luz de casi cinco siglos de crítica “moderna” – puede ser completamente equivocada. Será tal vez una de las razones por las cuales esta literatura queda fascinante: es misteriosa, no tiene explicación segura, vive por sí sola, en su propio universo. Esta independencia, totalmente contraria al acondicionamiento de nuestra literatura (que quizás, más tarde, será tan incomprensible como la de la Edad Media), le da una belleza que su enigmático sentido aún aumenta.

 

Proust, en una de sus cartas, explicó que la literatura necesitaba una zona de misterio, porque su finalidad no es explicar los misterios de la condición humana, sino presentar los contrastes de su complejidad. De estos contrastes, de esta diversidad, de este misterio nace la fascinación del lector – y la frustración del crítico.

 

©Sergio Belluz, 2015.

 

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Illustration: Claustro Mosteiro de San Pedro de Tenorio.


14/05/2015
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